Éramos un mar de fueguitos, literalmente, como en el cuento de Eduardo Galeano que describe a la humanidad. El sol cedió y las antorchas se encendieron, poco a poco. En el punto de partida aguardábamos impacientes un montón de jóvenes. Algunos encendían su antorcha por primera vez.

Mas la primera antorcha fue encendida hace mucho tiempo, en otra ciudad, en otro país. Fulgencio Batista, golpe de estado mediante, había establecido un régimen brutal y los jóvenes de entonces buscaban, so pena de persecución, tortura y asesinato, la manera de cambiar el rumbo político de la isla.

En esa República tan diferente a la que soñó –y por la que murió- se cumpliría el centenario del natalicio del Apóstol. Conmemorarlo era una necesidad vital.

Fue Alfredo Guevara quien sugirió un desfile con antorchas y Conchita Portela quien defendió la idea ante la dirección de la Federación Estudiantil Universitaria (FEU). La iniciativa prendió, como en la noche del 27 de enero de 1953 prendieron las primeras antorchas.

Las autoridades habían negado el permiso, por eso, alrededor de 500 jóvenes, entre ellos Fidel y otros que después asaltarían el cuartel Moncada, les colocaron clavos para defenderse de los esbirros en caso de ser agredidos.

Pero los esbirros no se atrevieron y vieron desfilar un mar de fueguitos en honor a Martí, desde la escalinata de la Universidad de la Habana, bajando por San Lázaro hacia Espada, por 27 y Hospital, hasta la Fragua Martiana. Desde entonces, la Marcha de las Antorchas se convirtió en un ritual patriótico de alcance nacional.

Por eso definimos una ruta propia a través de la ciudad de Holguín, y aguardábamos en el parque Martí mientras algunos encendían su antorcha por primera vez y otros la encendían de memoria.

Depositamos una ofrenda floral en la escultura del Maestro y arrancamos. Invadimos primero la calle Cables y luego la Avenida de los Libertadores, hasta llegar al Monumento del Che.

Desfilábamos así, como somos los jóvenes de hoy, ataviados con las últimas tendencias de la moda para la ocasión, o con el uniforme militar, o con el de futuros médicos. Todos alegres, incansables y rechiflando. Los vecinos salieron de sus casas y los transeúntes se detuvieron para vernos pasar, celular en mano.

Confeccionadas con maderos y latas, llevábamos antorchas simples y prominentes, que ardían sin parar o que nunca prendieron o que poco a poco cedieron al calor, dejando por las calles rastros encendidos.

Con nosotros marcharon, en primera fila, las principales autoridades de la provincia: Ernesto Santiesteban, Primer Secretario del Comité Provincial del Partido Comunista de Cuba en Holguín y Julio César Estupiñán, Presidente de la Asamblea Provincial del Poder Popular, entre otros.
El acto tuvo lugar en el Monumento del Che. Juan Luis López, el vicepresidente de la FEU de la Universidad de Holguín, habló en nombre de todos y para cerrar, un concierto de la agrupación Mentes Callejeras.

Éramos un acontecimiento digno de ver. Éramos, como dije, el mar de fueguitos de Galeano, que conectaba ese 27 de enero ambas orillas, la del presente y la de la Historia.
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