El clima de Cuba será más cálido y seco para finales del siglo XXI, con un posible incremento de la temperatura media del aire hasta cuatro grados Celsius.

Autor: Orfilio Peláez | This email address is being protected from spambots. You need JavaScript enabled to view it.

Mucho antes de ser reconocido a nivel mundial como un proceso inequívoco acelerado por la actividad del hombre, en la década del 90 del pasado siglo comenzaron en nuestro país las investigaciones dirigidas a conocer con suficiente antelación las probables implicaciones del cambio climático en la vida nacional.

En ese decenio y durante más de dos años se desarrolló un estudio denominado Impacto del cambio climático y medidas de adaptación en Cuba, en el cual intervinieron alrededor de 100 especialistas de 13 centros científicos y organismos del Estado.

Los resultados mostraron una clara tendencia al aumento de la temperatura media y a la elevación del nivel del mar, además de calcular los posibles escenarios del futuro comportamiento del clima en la Mayor de las Antillas en cuatro plazos de referencia: 2010, 2030, 2050 y 2100.

Por sus aportes, el trabajo mereció en 1999 uno de los Premios Nacionales de la Academia de Ciencias de Cuba y el Premio Especial del Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente (Citma) en la categoría de mayor relevancia científica. Su autor principal fue el doctor en Ciencias Tomás Gutiérrez Pérez, del Instituto de Meteorología.

Ya en el 2004 y luego de un profundo análisis y debate sobre las afectaciones ocasionadas por los huracanes Charley e Iván al occidente cubano en agosto y septiembre de ese año, respectivamente, la máxima dirección del Gobierno cubano elaboró la Directiva No.1 sobre la Planificación, Organización y Preparación del País para Situaciones de Desastres, refrendada por el General de Ejército Raúl Castro Ruz el primero de junio del 2005, en su carácter de vicepresidente del Consejo de Defensa Nacional en aquel momento.

En cumplimiento de lo estipulado en ese documento, en el 2006 la Agencia de Medio Ambiente del Citma inició los estudios de Peligro, Vulnerabilidad y Riesgos, básicamente centrados para eventos de inundaciones por intensas lluvias, penetraciones del mar, y la ocurrencia de fuertes vientos.

Apenas un año después, y luego de analizar por primera vez el tema del cambio climático en el Consejo de Ministros, el gobierno aprobó un programa de enfrentamiento conformado por seis tareas generales, que priorizó la adaptación en los sectores económicos y sociales, enfocado hacia la zona costera y vinculada con la reducción de desastres en el futuro.

También indicó intensificar las investigaciones científicas, las cuales se integraron en el Macroproyecto sobre
Peligros y Vulnerabilidad de la zona costera cubana para los años 2050 y 2100.

Dichos estudios involucraron a alrededor de 300 expertos de 16 instituciones de cinco organismos de la Administración Central del Estado, bajo la conducción del Citma.

Como refirió entonces a Granma el doctor Fernando González Bermúdez, viceministro primero de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente, dentro de los principales resultados de la multidisciplinaria investigación resalta haber identificado que el ascenso gradual del nivel medio del mar es la principal amenaza a largo plazo del cambio climático en Cuba, tomando en cuenta sus implicaciones futuras en la pérdida paulatina de áreas costeras localizadas en zonas muy bajas y la salinización de los acuíferos subterráneos abiertos al mar, debido al avance de la «cuña salina».

Igualmente pudo determinarse que en lo inmediato las inundaciones costeras provocadas por la sobrelevación del mar y el oleaje producidos por huracanes, frentes fríos y otros eventos meteorológicos extremos, representan el mayor peligro para nuestro archipiélago, dada la destrucción que causan al patrimonio natural y a la infraestructura asentada en la costa.

El 25 de febrero del 2011 el Macroproyecto fue presentado en el Consejo de Ministros, aprobándose seis directivas y un plan de acción para implementarlo en la etapa 2011-2015.

Cuba ratificó así su posición de vanguardia en el enfrentamiento al cambio climático, sustentada en un caudal de conocimientos acerca de sus impactos en la economía y la sociedad, y las acciones de mitigación y adaptación, adquiridos a lo largo de más de 20 años de investigaciones.

Al disponer de ese valioso arsenal, la nación adelantó un largo trecho en la lucha contra lo que hoy se considera el más grave desafío ambiental a encarar por la humanidad.

PROYECCIONES RECIENTES

Las evaluaciones hechas en el bienio 2015-2016 ratifican que el clima de Cuba será más cálido y seco para finales del siglo XXI, con un posible incremento de la temperatura media del aire hasta cuatro grados Celsius, y una disminución de las precipitaciones en el orden de un 15 a un 50 %.

De acuerdo con lo planteado por el doctor Tomás Gutiérrez Pérez, investigador del Centro del Clima (Cenclim) del Instituto de Meteorología, los climas subhúmedos secos apuntan a desplazarse desde la región oriental hacia el occidente del país, patrón que generalizaría la persistencia de condiciones de calor y menos lluvia.

Según las estimaciones recientes, la elevación del nivel del mar puede alcanzar hasta 27 centímetros en el 2050 y 85 en el 2100, valores que coinciden con los rangos probables sugeridos por el Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC) para todo el planeta.

Resulta oportuno resaltar que entre mediados de la centuria anterior y octubre del 2015, la temperatura media anual en el territorio nacional subió 0,9 grados Celsius, mientras la mínima promedio se elevó en 1,9, lo que implica un aumento apreciable en la cantidad de noches y madrugadas cálidas.

Asimismo, en la mencionada etapa creció la frecuencia de eventos de sequías más severas, prolongadas y extensas, en particular a partir de 1961.

Otro elemento llamativo observado es que en el primer decenio del presente siglo, Cuba sufrió el azote de siete huracanes intensos categoría 3, 4 y 5 en la escala Saffir-Simpson, cifra sin precedentes para una década de 1801 a la fecha.

Con el Sandy del 2012 y el Matthew en el 2016, la cifra de organismos tropicales de esa magnitud que afectaron al territorio nacional ascendió a nueve en solo tres lustros (2001-2016).