No porque acumule cinco décadas y siete años, desconoce los gustos más avanzados de la moda o se ha quedado varada en la «década prodigiosa».

Jamás piensa en achaques, ni necesita de bastones para andar. Es, lo que se dice, una cincuentona contenta, entusiasta, a veces bulliciosa y otras tantas centrada y responsable, atenta a los contextos y las circunstancias. Puede afirmarse, sin temor, que jamás ha llegado la última a los instantes más difíciles del país.

Se le ha visto entre los campos de caña o en medio del surco, enamorando a la tierra para que produzca; con las manos sucias de cemento y polvo, levantando las casas de entre los escombros de un tornado o un huracán; investida de sensibilidad, luchando contra el dolor y la muerte, dentro o fuera de la Isla; entre el fuego y la metralla, ofreciendo su apoyo a los países que defienden su libertad; frente a las aulas repletas de aspiraciones y esperanzas; en medio del batallar cotidiano de un país donde nada, nunca, ha sido fácil, a no ser la capacidad de soñar, de demostrar el amor y de sobreponerse a los descalabros. Incluso en esos momentos, se ha secado las lágrimas y ha echado a andar.

No es que no sepa bailar, y que no saque tiempo para mover el esqueleto «hasta que se seque el malecón»; o que no invente motivos para armar la fiesta y subirse a un escenario, a pintar, con cualquier técnica o en cualquier formato, y aun a leer, en público, verso o prosa… ¡Hasta vibra de emoción ante un juego de pelota cuando su equipo favorito va en desventaja y mete un jonrón que le salva la vida y le alegra la jornada!

Con todo y su andar, no ha necesitado cirugías estéticas, porque todo en ella es natural, como el aliento fresco del campo. Quien la conoce de cerca –por dentro y por fuera– sabe que se alimenta de los mejores sentimientos y conceptos, esos que la llevan a comprarles regalos a los niños enfermos y a invitar a los payasos a las salas más difíciles de los hospitales pediátricos; o a inventar colectas para hacerles presentes a los bebés de sus amigos que se estrenan como madres y padres; o arma una reunión de sonrisas a la cabecera de uno de sus colegas convalecientes; o se va a reflexionar en colectivo sobre sus preocupaciones, a espacios ajenos a su centro laboral; o propone excursiones, viajes a lugares desconocidos, «espaguetadas» imprevistas, despedidas de solteros, cumpleaños colectivos… Debe ser por eso que se le puede catalogar como una «joven cincuentona».

No es que su vida sea perfecta. A veces quisiera haber dado siempre su disposición para dirigir, aunque para ello hubiese dejado por un tiempo sus sueños personales. O que no se lo pensara más de una vez para salirle al paso a las irregularidades y a las incorrecciones, o que hubiese levantado la mano –aunque el resto le mirase con desaprobación– para decir «no estoy de acuerdo» y exponer sus argumentos. Pero, en esos casos, no siempre le acompañó el valor de ser el ente discrepante, de que le señalasen con el dedo. Después lo ha repensado, y hasta se lo ha autocriticado, porque desde que nació siempre le han enseñado que deber ser vanguardia, ejemplo, combativa, aguerrida. Pero nadie es perfecto. ¿O sí?

Si lo piensa con calma, entiende que no hay motivo para el desánimo. Ya habrá cientos, miles de oportunidades, para seguir demostrando su valía, consciente de sus retos y sus deficiencias. No hay entorno en este país que no requiera de sus méritos y sus esfuerzos, desde los ámbitos tradicionales hasta los digitales, en los cuales se mueve tanto de luz y tanto más de peligrosidad.
Por eso, a sus 57 años, intenta renovarse, enriquecerse con el espíritu creativo y original de quienes saber hacer, y hacer bien. Y es consciente de que no debe subirse a los pedestales, sino ayudar a bajar de ellos a quienes aún utilizan lenguajes «cuadriculados», que entorpecen la comunicación y el intercambio.

Este 4 de abril, cuando la Unión de Jóvenes Comunistas sople sus 57 velitas, con los ojos bien abiertos para no perder de vista la realidad de los cubanos, cada uno de los que la conocemos bien imaginamos cuál será su deseo.

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